En Madrid, pasar a la posteridad poco tiene que ver con que una calle lleve tu nombre o con aparecer en las páginas policiales, según una columna de ABC España. La ciudad tampoco concede la eternidad a sus alcaldes, a sus presidentes o, menos aún, a sus concejales.

Un posible atajo, sugiere el artículo, es vestir el blanco del Real Madrid. Eso funciona sólo cuando el club importa más que el número de tu camiseta; una lección, señala, que no todos los miembros del equipo absorben antes del día en que dejan de jugar para el club.

Las otras rutas hacia una parte genuina de la eternidad de la capital son, como dice la columna, "completamente inexplicables". Básicamente, se reducen a un resultado: que un bar termine llevando su nombre.

Cuando eso sucede, observa el escritor, la persona en cuestión deja de ser importante, porque en adelante pertenece a otra cosa.