Borges imaginó un imperio de cartógrafos que llegó a un nivel extremo: después de realizar planos provinciales que ocupaban la superficie de una ciudad, lograban un mapa de los dominios imperiales que se ajustaba al tamaño de sus fronteras reales, en una escala 1:1. El avión es la ilusión de una vista de pájaro. El laberinto de canales de Venecia, el Madrid de Teixeira, el nuevo horizonte de Juan de la Cosa hacia el oeste. Hoy en día, los satélites corrigen el mapa mundial instantáneamente y los teléfonos móviles siguen nuestro rumbo exacto en el globo. Hemos llegado a la pesadilla borgeana del mapa que cubre toda la visión del mundo. Por eso en la Casa Blanca o en Zhongnanhai cambian topónimos o anexan al papel lo que la realidad les niega: Ormuz, México y la 'línea de nueve puntos'. El mapa escolar de la infancia, o el mapa del tesoro, nos describe mejor que el elegido por la ONU con una inútil geometría de equivalencias, mayoritariamente, una 'Tierra Igual' que tapa la proyección de Mercator, como si una mentira pudiera tapar otra. La imagen más perfecta es la mentira más perfecta. En una escala 1:1 no hay equidad. Pero este mapa descolonizado no entusiasmará al imperio de los cartógrafos cuya fuerza motriz fue la aventura del descubrimiento. Cuando lo importante era regresar, el cartógrafo tuvo sentido. Su mentira tenía que resultar útil. Este buen mapa es inútil y quedará hecho jirones en la memoria como en el cuento de Borges, las últimas tiras de papel pegadas como deseos en las ramas de algún árbol solitario.
Fuente: ABC España — https://www.abc.es/cultura/cultural/mentira-perfecta-20260925093724-nt.html